Biblioteca infantil

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Biblioteca infantil

Texto: Lila Ferro

Ilustraciones: Susana Di Pietro

Diseño gráfico: Paula Mizraji

Fotografía: Aixa Alcántara

Prólogo: María Pía López

Buenos Aires : las autoras, 2014

Leemos en la contratapa:

¿Qué lugar ocupa la historia de Caperucita en nuestra infancia? ¿Qué papel tiene Pinocho en la idea que nos formamos sobre el bien y el mal? ¿Cuánto de nuestra educación sentimental se funda en la lectura de Cenicienta, las peripecias de esa maltratada huérfana que, gracias a las buenas artes del Hada madrina, logra asistir al baile y enamorar al príncipe?

¿Qué buscábamos encontrar al abrir las páginas de nuestro primer diccionario, esa máquina de definir? ¿A qué mundo accedíamos a través de los manuales escolares?

¿Sabíamos de chicos que algunas historias que leíamos no se podían leer? ¿Por eso nos gustaban más? ¿Qué peligros sospechábamos en las palabras que circulaban burlando la prohibición?

Esperamos que quienes abran estas páginas no teman encontrarse con lobos y bosques tenebrosos, que sepan que podrán aparecer otra vez sentados en el pupitre de madera de tercer grado o en un rincón oscuro de la casa, leyendo a escondidas.

Hicimos este libro porque creemos que la infancia no está en el pasado. Es un lugar al que se vuelve para encontrarlo siempre distinto, una recurrencia fantaseada, una región habitada por los niños que fuimos y por los que no fuimos también.

Susana Di Pietro - Lila Ferro

 

Rincón a la sombra

Prólogo de María Pía López

Un libro en el que se habla sobre libros, en el que se piensa la lectura con ilustraciones. Biblioteca infantil compone palabras e imágenes para pensar esas escenas en las que fuimos niños absortos, entusiastas, fastidiados. Niñas, en este caso, que descubren un modo de vida cuyos inicios vienen a homenajear o rememorar aquí. Varias ilustraciones componen la situación de la lectura: nenas sentadas bajo un árbol o con redondos ojos frente a las páginas abiertas. Cierta placidez se desprende de ellas, el libro está allí para conjurar y amparar, es casa, rincón iluminado, puerta hacia la fuga. Una nena sentada bajo un árbol hace resonar en nuestras memorias afectivas a la Alicia que iniciaba sus viajes al mundo maravilloso.

Crecí en una casa sin bibliotecas. Apenas algunos libros sueltos, dispares, casi todos míos. De la Biblioteca Billiken. Eso no significa vivir una infancia sin libros, si no que en las travesías de tu niñez aparece también la de buscarlos: pedirlos como regalo de cumpleaños o navidades, apelar a los préstamos de bibliotecas privadas o públicas. También, la de leer sin ton ni son, leer lo que cae en las manos, de un diccionario a un Corín Tellado, de la melosa derecha de los relatos de Selecciones hasta el ajado Corazón de D’Amicis. Pienso mi biblioteca infantil como esa superposición de agujeros, deseos, ávida búsqueda, azar de lo que llega por distintas vías. Recuerdo con amor ciertos libros, otros con la tristeza de no haber sabido quererlos cuando lo merecían. Y luego, ya era tarde.

 Varios de esos que sí leí cuando niña, están aquí, en este libro, revisitados por Lila Ferro y Susana Di Pietro. Una escribe poemas, la otra realiza ilustraciones. Son capaces de crear belleza y bello resulta el encuentro entre imágenes y palabras. Pero no es sólo eso. Escribir o dibujar son modos de la memoria. Se actualiza en ellos la potencia forjada en nuestro pasado –el saber de las manos, el de hilar las palabras, el de tantear una imagen, el de definir colores o ritmos, todo eso viene de antes y se pone en juego en cada obra. Ir hacia la biblioteca infantil es buscar los territorios en los que se aprendió, en los que se fue configurando esa potencia que a una hace artista, a la otra poeta.  

Lila no lo hace sin ironía: en esa vuelta encuentra a veces el chiste, otras el desvío, otra una suerte de furia encubierta. Como la de una Cenicienta cansada de los caprichitos del Príncipe o Hansel protestón contra el libro que le augura encuentros con viejas que intentan envenenar. Las historias se tuercen, o más bien, en los poemas se trata de tomar un desvío que permita derruir lo que tienen de halo sacral y mágico, de allí que sea posible la risa y no el miedo. Del mismo modo opera Ferro con los libros censurados, el argumento se convierte en ritmo y así el acto represivo se torna parodiado. Frente a los libros que se transitan en las aulas el trato es también irreverente: la búsqueda indicada en el diccionario se convierte rápidamente en otra, la que indica la persecución de los términos prohibidos, que están allí pero sólo con otro significado. Cito ese gesto, ese que todos repetimos en algún momento de nuestro trato con el diccionario, porque es el movimiento que se respira en todos los poemas. La escritora vuelve a la biblioteca infantil para encontrarse con el amor díscolo hacia el libro, con el clandestino movimiento de hacerles decir otra cosa que una lectura literal u ordenada.

No las conozco y las imagino amigas. Al menos, son cómplices en este retorno a la infancia por la vía de los libros. Si en Lila se acentúa lo burlón, en las ilustraciones de Susana es otro el tipo de desvío, más bien narrativo. A veces, las historias se corrigen y parecen invertir su signo fundamental: una Caperucita camina sobre el lobo, casi como siendo trasladada sobre un amable lomo; una  Vendedora de fósforos no está a la intemperie si no protegida por una propicia recova. El desvío, entonces, es un modo de volver amable lo que esos cuentos portaban de temor o de tristeza. Se quieren, en su precisa construcción, una forma del amparo. Bien distintos, entonces, a los poemas, que en su ironía acentúan el desamparo, porque ninguna magia estará dispuesta para convertir un saquito en un vestido de Barbies corazones. En “Madrigueras”, una imagen en la que no hay libros, Susana despliega, sin embargo, una potente metáfora de la lectura: aquella que la convierte en escondite, en lugar protegido y amparado, casi en útero en el cual se reposa cálidamente. 

Dije: las imagino amigas, porque las más profundas complicidades surgen de esas tonalidades distintas de ver el mundo. O de leer los libros del mundo. O de habitar madrigueras vecinas.